El paso a la adolescencia incluye muchas facetas, entre ellas el sexo. Con catorce años más o menos eres un mico que lo poco que sabes del sexo es mediante el cine, la televisión, el porno y los programas de educación sexual. Así que tu idea de lo erótico se reduce a clichés y a fantasías propias o mediáticas.

Me resultan cursiosos algunos aspectos del despertar sexual que viví. Lo primero que hace un grupo de chavales con las hormonas rebosantes es sin duda hablar de sexo sin parar. Es divertido hablar sobre sexo esa edad. Lo poco que sabes, es de oídas, pero te haces el entendido. Y es excitante, algo nuevo. Hablar de sexo con chicos se convierte en algo guay. Has dejado de ser una niña.

El adolescente es ante todo un ser que pertenece por encima de todo a un grupo. Y así, no fue raro encontrarme con escenas variopintas que ahora se me antojan ridículas, pintorescas o extrañas. No sé por qué, pero los chicos de mi colegio vivían su despertar sexual con una alegría exhibicionista muy divertida. Masturbarse delante de nosotras fue algo común en recreos o en casas de amigos. Vencían su vergüenza y todos a una. El ambiente no era sexual, sino más bien de colegueo. A nosotras nos hacía gracia la osadía y teníamos curiosidad, pero pasado el primer momento, realmente nos daba un poco igual lo que hicieran.
Esa situación que años después sería difícil de ver y digerir según quién, en ese momento, simplemente no iba con nosotras.

Imagen: "Adolescencia". Luis Miguel Bugallo Sánchez.

Para entonar: La casa azul: La revolución sexual