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El rincón del Somardón

Somardón: (Ar.) Persona que sin hablar u ocultando sus intenciones hace lo que le da la gana

6 Febrero 2006

Nuevo relato, nueva entrega

Hoy, en El (nuevo) rincón del somardón, segunda entrega de Cariño al contado, la curiosa historia de una ex alumna de las ursulinas descalzas.

Y cada día, de lunes a viernes, nuevas entregas hasta completar el relato. Tapas no hay, lo siento, se las tendrá que hacer cada cual.

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3 Febrero 2006

Cariño al contado

Desde hoy, en El (nuevo) rincón del somardón, un nuevo relato por entregas: Cariño al contado, la historia de una ex alumna de las ursulinas descalzas actualmente traductora de textos para editoriales.
De lunes a viernes en El (nuevo) rincón del somardón

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2 Febrero 2006

De mudanza

A partir de ya, este humilde somardón traslada sus enseres a Blogia, donde podrás seguir al corriente de las ocurrencias de Ramiro B, leer nuevos relatos por entregas, conocer la opinión de quien suscribe respecto a algunos temas de su interés...

El rincón del somardón, ahora en Blogia

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26 Enero 2006

Una ventana abierta (relato por entregas)

30. A los pies de mi cama en el hospital, Pablo me miraba sonriente. Era una sonrisa que igual podía interpretarse como seráfica o como maliciosa, quizás tan sólo dependiera de cómo la luz incidiera en su rostro. Pero, en cualquier caso, toda la cara de Pablo era una pregunta.

–Pero ¿se puede saber por qué coño no me quisiste abrir la puerta? ¿no reconociste mi voz? Y menos mal que la policía llegó en cuestión de minutos y pudieron derribar la puerta en dos patadas... si no, te desangras como un cerdo entre los cristales del balcón.

Así que eso era lo que había ocurrido: no lograba recordar nada pero, por lo que decía Pablo, los cristales invisibles del salón habían frenado mi carrera y habían convertido lo que pretendía ser una muerte rápida en un sinnúmero de contusiones y profundos cortes en manos, brazos y cara, así como en un traumatismo craneoencefálico no demasiado grave y una terrible sensación de vergüenza porque tampoco en esa ocasión había alcanzado mi objetivo. Seguro que, cuando se enterase de lo sucedido, mi psiquiatra volvería a decir aquella estupidez del mero intento de llamar la atención.

Pablo empleó los minutos siguientes en aclararme todo lo ocurrido durante los últimos días. Al parecer, la gripe había atacado ferozmente a mi compañero, y su madre –ya sabes cómo son las madres, me dijo– le sugirió que estaría mejor atendido si se trasladaba a su casa durante la enfermedad. Por eso no pudo escuchar ninguna de mis llamadas. Y cuando él trataba de hablar conmigo era yo quien no quería contestar por miedo a encontrarme con Rebeca. Después de intentarlo un sinfín de veces, desistió y se olvidó de mí, me dejó por imposible... hasta que vio el maldito programa, relacionó a la Rebeca televisiva con mi particular Rebeca y decidió hacerme una visita por si necesitaba ayuda.

Cuando ya se dirigía hacía la puerta de salida, Pablo reparó en el descomunal y alegre ramo de flores que adornaba el mueblecito que había a la entrada de la habitación. Yo ni siquiera me había fijado en él, pero Pablo descubrió de inmediato el sobre adherido al celofán. Lo arrancó y extrajo una tarjeta de su interior. Al percibir mi mirada interrogante me aclaró que, según decía la tarjeta, el ramo era una cortesía de la dirección del hospital. Cosas de la asistencia privada, ya sabes, porque lo que es en la Seguridad Social..., fue lo que dijo antes de cerrar la puerta tras de sí.

En cuanto Pablo salió de mi habitación, pulsé el llamador que colgaba junto al cabecero de la cama. Un minuto después, llegó la enfermera y le pedí que me acercase la tarjeta que mi compañero había arrojado a la papelera. Ella me miró con extrañeza pero hizo lo que le pedía y se marchó enseguida. Sabiendo que iba a encontrar algo muy diferente de lo que mi compañero me había contado, leí la nota que acompañaba al gran ramo de flores que alegraba la habitación.

“Espero que te recuperes pronto de tu lamentable accidente. Te llamaré a casa cuando te den el alta. Un beso, Rebeca”.

FIN DEL RELATO

Puedes leerlo desde el principio en la categoría Una ventana abierta.

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26 Enero 2006

Le atendió Ramiro B. (23)

No he comenzado la semana con buen pie precisamente.

Nada más llegar a la tienda, otra vez lo mismo de hace unos días. Pero esta vez Martín no ha tenido la delicadeza de llevarme fuera de la vista de los demás compañeros. Hoy, desde luego, le ha costado lo suyo reprimir esa violencia que detecté casi desde el primer momento. Se conoce que, esta vez, el asunto le afectaba de un modo más personal (y emocional) que cuando llegó la queja de Fabra al buzón de reclamaciones.

Me ha arrinconado como hizo con Clara, pero por fortuna no se ha mostrado tan cariñoso conmigo. Y no es que tenga nada contra el sexo con hombres, que nunca lo he probado; es simplemente que Martín no es mi tipo.

Casi no le han hecho falta palabras, pues por su mirada asesina he comprendido que será mejor que nadie sepa por mí lo de su relación con la Britney cuarentona que tenemos en la tienda. Y también él ha entendido, por mi mirada, que haré lo que me salga de los huevos. Porque es evidente que si todavía no me ha echado a la calle se debe a que me teme más que me odia por lo que he visto de sus carantoñas con Clara.

Lee esta historia desde el principio en la categoría Le atendió Ramiro B.

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25 Enero 2006

Una ventana abierta (relato por entregas)

29. No pude seguir escuchando ni una sola palabra más de aquel estúpido y peligroso programa. Apagué el televisor con la misma resignación con la que el condenado que ha pasado años en el corredor de la muerte recibe la noticia de que ha llegado su turno. Comencé a sollozar, tibiamente al principio y entre violentos hipidos después, y terminé golpeando repetidamente uno de los brazos del sofá con mi propia cabeza. De nuevo comenzaron los conocidos espasmos, los sudores fríos, los temblores repartidos por todo mi cuerpo... En la caja de los medicamentos que guardaba en el cuarto de baño solo quedaban dos comprimidos de Rivotril, cuatro miligramos de nada que de nada podían servirme, pero me los tragué con la avidez de una última comida.

Cuando atravesaba el recibidor de regreso al salón, sonó el timbre de la puerta. Quedé paralizado por el espanto: parecía increíble, pero no podían ser otros que los reporteros de “¿Calabazas? No, gracias” que venían a hacer su trabajo. Permanecí quieto, mudo, esperando que aquellos periodistas cotillas interpretaran que no me encontraba en casa. Pero al cabo de unos segundos el timbre volvió a sonar, esta vez acompañado por unos puños que aporreaban la puerta y una voz amortiguada llamándome por mi nombre. Sólo había una salida y, por supuesto, no pasaba por abrir la puerta al mensaje de amor de Rebeca. Desde el recibidor, la espalda apoyada contra la puerta que me protegía de Rebeca, contemplé extasiado los amplios ventanales del salón; la luz vespertina –esa cálida luz al otro lado del túnel de la que hablan los que dicen haber regresado de la muerte– entraba a raudales en la estancia descubriendo una nubecilla de polvo en suspensión. Cuatro pisos más abajo estaba el final del acoso al que llevaba días sometido. El timbre y los puñetazos insistieron una vez más. Respiré hondo e inicié la última carrera de mi vida, la carrera que me libraría para siempre de Rebeca.

Otro día, más. Puedes leer el relato desde el principio en la categoría Una ventana abierta.

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24 Enero 2006

Una ventana abierta (relato por entregas)

28. –Buenas tardes –contestó la voz que reconocí al instante como la de mi acosadora.

–Creo que no quiere usted facilitar sus apellidos, ¿no es cierto?

–No, no, preferiría mantener el anonimato, si es posible…

–Por supuesto que es posible, todo es posible en nuestro programa; es más, comprendemos perfectamente su deseo. Porque tengo entendido que está atravesando un mal momento por una cuestión amorosa, ¿es así?

–Exacto, exacto. Por eso he querido recurrir a su programa, porque estoy desesperada: llevo días, creo que son ya semanas, intentando acercarme a la persona a la que amo, y él no quiere ni mirarme… me ignora como si yo no existiera.

–Es muy duro sentir el rechazo de un ser querido, ¿verdad? Pero para eso está nuestro programa, su programa: para intentar unir a personas que se aman aunque a veces ni ellas mismas lo sepan. Así que, si lo desea, puede facilitar los datos de su anhelada pareja al compañero de la centralita –fue un detalle que el presentador también pensara en mi propia intimidad y no sólo en la de Rebeca– y, de inmediato, un equipo de “¿Calabazas? No, gracias” se desplazará hasta su domicilio para trasladarle su apasionado mensaje. Y, quién sabe, tal vez esta misma tarde sepamos cómo termina esta historia de amor que todavía no ha comenzado. Muchas gracias, Rebeca. Y damos paso ya a la siguiente llamada, que nos llega desde…

Otro día, más. Puedes leer el relato desde el principio en la categoría Una ventana abierta.

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24 Enero 2006

Le atendió Ramiro B. (22)

Vale, reconozco que me está volviendo a suceder y que mi psiquiatra tiene razón: padezco el llamado T.O.C. ¿Qué significa T.O.C.? Trastorno Obsesivo Compulsivo, lo que hace que, de vez en cuando, deba poner a alguien en mi punto de mira hasta saberlo todo sobre él. Ella, en esta ocasión.

Hoy es fiesta pero me he levantado, poco más o menos, a la hora de siempre. Aunque sé dónde vive Carmen Lázaro, todavía no conozco sus horarios de fin de semana y no quiero perder la ocasión de verla en una mañana de domingo.

No podía correr el riesgo de llegar tarde, así que apenas he hojeado el periódico en el bar mientras tomaba un café con leche; un retraso, y el madrugón dominical no me habría servido de nada.

He llegado a su calle sobre las once y media. Frente a su casa hay un bar, y he pensado que era un buen sitio desde el que controlar el portal de Carmen. No me apetecía otro café, y me he decidido por una cerveza de barril. Dos cañas más tarde, Carmen Lázaro, su marido y su hijo han salido a la calle.

He pagado mis consumiciones al camarero y he salido tras ellos. Les he seguido por el barrio, manteniendo una distancia más que prudente para evitar ser descubierto, pues no habría sabido cómo explicar mi presencia allí.

A varias manzanas de su casa han entrado en una cafetería que hace chaflán. Carmen Lázaro y su hijo se han ido a sentar a una mesa junto al ventanal que se asoma a la calle mientras el marido se acercaba a la barra a pedir las bebidas y algo para picar. Carmen Lázaro miraba hacia el exterior del bar. Parecía aburrida, ausente, y así se ha mantenido incluso cuando el marido ha ido a sentarse junto a ella y el hijo. Él ha centrado la atención en su cerveza y en las patatas fritas que, aparentemente, había comprado para el niño; el muchacho sólo ha separado los ojos de la Game Boy salvo para dar algún trago a la cocacola; Carmen ha permanecido todo el tiempo con una tónica entre las manos y la mirada fuera del establecimiento.

Lee esta historia desde el principio en la categoría Le atendió Ramiro B.

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Ricardo Bosque, Denominación de Origen Zaragoza Cosecha 1964, aficionado al género negro, a la publicidad, a la música y a muchas cosas más como se puede deducir de la lectura de este blog. Editor de La Balacera y amago de escritor.

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