Myanmar Blues
Todo por los aires, barro, palmeras decapitadas, tejados volantes, personas desaparecidas. Hambre y chanclas, longys y sed. Personas sufridoras que reciben el mazazo definitivo, como si la naturaleza quisiera poner un foco enorme en su natural desgracia. Una vez más el color teja – o azafrán, como han querido llamarlo de forma general- aparece como redentor de los desamparados. Los monasterios que quedan en pie vuelven a ser refugio y morada de los supervivientes.
Y dónde está el color verde caqui. El color del camuflaje militar en una ciudad artificial resguardada de ciclones y notas de prensa. El color de la vergüenza y el absentismo irreverente en los peores momentos. El color del silencio y los falsos referéndums. El de los arrestos domiciliarios de lustros y la opresión del más débil. Fusiles y metralletas amenazan a seres flacos y sonrientes que bien podrían verse vencidos por un golpe de viento. Un ligero viento hubiera sido suficiente para llevar volando cuerpecillos flacos alimentados de arroz y té.
Pero ha tenido que ser un ciclón. Un ciclón que se ha vuelto a cebar con los más débiles, con los que tienen casas construidas con palillos y se alegran cuando su despensa llega al tamaño de una caja de zapatos. Esos que nadie usa.
Y pienso en Birmania y solo veo caras sonrientes. Caras llenas de paz. Veo Budas hermosos y esbeltos. Budas guapos rodeados de inciensos, flores de loto y arroz. Tanaka en las mejillas y telas de colores naturales.
Y veo el Irawady en calma, aproximándose a su delta de forma pacífica mientras riega tierras verdes con sus aguas plomizas. Orillas germinadas de pagodas que florecerán en primavera.
Y niños de uniformes verdes. Y monjes muy simpáticos.
Y yo voy en un barco que se desplaza lentamente por las aguas espesas. Dejo Mandalay camino de Bagan, rodeada de mangos y gente que se sienta en la cubierta. Y huele a lluvia. Y huele a especias. Y huele a vida. Y huele a paz. Y veo el Irawady aliarse con los monjes para desplazarse de un sitio a otro con gramófonos y chavales de campamento. Todos afeitados y vestidos de azafrán. Veo a niños monjes haciendo travesuras, con sonrisas pícaras observando desde el segundo piso del barco- autobús como nos alejamos de la orilla.
Y no puedo pensar en sus vidas malgastadas, en las aguas del Irawady desbordadas y fuera de sí, cabreadas, irritadas y totalmente ajenas a un Nirvana para ellos inexistente. Y pido para que al menos sirva para que ayudemos a un pueblo pacífico, amable y lleno de luz en la mirada. Un pueblo que irradia luminosidad a pesar de vivir en la oscuridad más absoluta.
PD: He estado investigando y Médicos Sin Fronteras está actuando en la zona por si queréis realizar un donativo. Yo ya lo he hecho. www.msf.es



salustiana la porquera dijo
hay algo inhumano, terrible, absurdo, en esas catastrófes naturales. Es como si nos diesen un toque de vez en cuando que nos dejase patente que somos una ridiculez, que somos frágiles, tremendamente frágiles. Lo cierto es que llegará ayuda, al final conseguirán recuperar la zona pero no sentarán las bases para que se desarrollen lo suficiente para poder enfrentarse a una nueva catastrofe y si lo consiguen, dará igual. Siempre habrá otra parte en el mundo donde quedará constancia de que no somos nada. Besos
7 Mayo 2008 | 11:42 PM