LA NIÑA A LA QUE SE LE CAÍAN LAS COSAS
Marta era una niña que tenía preocupados, y un tanto asombrados, a cuantos la conocían; pues Marta no podía coger nada con sus manitas que no se le cayera al suelo.
Algunos de sus compañeros de clase se burlaban de ella y la llamaban “Manos de cartón”; aunque otros la intentaban animar. Para el profesor resultaba difícil enseñar a una niña que siempre estaba recogiendo algo que se le había caído.
Fuera del colegio, cuando jugaba con sus amigos del barrio, a Marta le pasaba lo mismo y ello hacía que a muchos juegos no pudiera jugar.
En casa sus papas, que la querían mucho, la animaban aunque ellos estaban muy preocupados pues ni los médicos, después de innumerables pruebas, veían ninguna anomalía en la enfermedad de Marta.
Un día los rumores de que había una niña a la que se le caía todo lo que cogía llegaron a oídos de una anciana del barrio. La anciana se interesó por conocer a esa niña.
El domingo la anciana llegó hasta la casa de Marta y tras presentarse a sus padres quiso hablar con la niña.
La anciana cogió y miró las manitas de Marta, y con una sonrisa le dijo:
- “No te preocupes, que ni a ti ni a tus manitas les pasa nada que no tenga remedio.”
Asombrados los padres quisieron saber más, pero entonces la anciana se acercó al oído de la niña para decirle:
- “Marta, tus manitas están enfadadas y por eso cuando coges algo con las manos una de ellas lo suelta y siempre se están haciendo la puñeta. Debes de hablar con ellas, y explicarles lo que te pasa, para que vuelvan a ser amigas. Ya verás como lo comprenderán. De nuevo se harán amigas y ya no se te volverá a caer de tus manos nada más.”
Aquella noche Marta habló con cada una de sus manitas y ellas le prometieron que jamás se volverían a enfadar.
servido por tarra662
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En la selva africana vivía un mono que estaba cojo y, por ello, le costaba mucho subir a los árboles.
Cuando era pequeño apenas podía jugar con los demás monitos, ya que éstos corrían y trepaban más rápidos que él y le dejaban solo.
Los monos adultos comentaban que sería un mono tullido y que sólo serviría para quitar los parásitos que vivían entre los pelos.
Sus papás monos, que le querían mucho, le decían que no estuviese triste por su desgracia y que disfrutará de lo que él sí podía hacer, y así seguro que algún día conseguirás ser muy feliz.
El monito supo entender a sus papas, y poco a poco, se hizo un especialista retirando a los molestos animalitos que vivían en los pelos de los monos del clan. También aprendió a hacer masajes y comenzó a realizar algún peinado a los pocos monos que se dejaban peinar.
Aprovechaba sus momentos de soledad para dar cortos paseos por el bosque e imaginar todos los peinados que sería capaz de crear, si pudiera acercarse a otros animales con melenas más largas.
Un día en uno de sus paseos una leona se fijó en él por parecer una presa fácil a la que cazar. Con sigilo la leona se fue acercando y cuando estuvo lo suficientemente cerca dio un gran salto; pero, para sorpresa de ambos, ésta cayó en una gran red y quedó atrapada.
La leona rugía y luchaba por escapar de la red; mientras el mono, alertado por el ruido, se acercó despacio y, como tantas veces había visto hacer a los humanos, comenzó a liberarla.
La leona agradecida le contó, con pesar, que cayó presa porque pretendía cazarlo y comérselo. Ahora en cambio se sentía en deuda con él.
El mono contento por su fortuna se aventuró a pedirle que le dejara ir con ella a visitar al león para ofrecerse como peluquero. Ella, sorprendida por la petición del mono, le dijo que el león se lo podría comer y ella no podría salvarlo.
- No me importa, eso no pasará. – respondió el mono.
Así que partieron juntos hacía donde vivía la manada de leones. Al llegar al lugar, y ante las miradas de las demás leonas y leoncillos, la leona le explicó al gran león lo sucedido y la petición que le había formulado el mono.
El león quedó pensativo y al rato dijo:
- Está bien, podrás ser mi peluquero; pero si no me gusta lo que haces a mi melena, te zamparé de un bocado.
El mono, con gran valentía, aceptó el reto y, con el consentimiento del rey de la selva, comenzó a retirar los animalitos que tenía el león en sus melenas; luego las masajeó con sus manos hasta desenredarlas y poder peinarlas. Al león le resultaban placenteras las caricias del mono.
Cuando hubo acabado el mono, toda la manada observaba al león y le vitorearon por la hermosura de su melena. Éste, sorprendido y satisfecho del logro realizado por el mono peluquero, le nombró peluquero real de la selva.
Y así es como el mono se convirtió en uno de los animales más feliz y respetado de la selva.
servido por tarra662
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