24 Julio 2008
Mi vida es la historia de la autorrealización de lo inconsciente. Todo cuanto está en el inconsciente quiere llegar a ser acontecimiento, y la personalidad también quiere desplegarse a partir de sus condiciones inconscientes y sentirse como un todo. Para exponer este proceso de evolución no puedo utilizar el lenguaje científico; pues yo no puedo experimentarme como problema científico.
Lo que se es según la intuición interna y lo que el hombre parece ser sub specie aeternitatis se puede expresar sólo mediante un mito. El mito es más individual y expresa la vida con mayor exactitud que la ciencia. La ciencia trabaja con conceptos de término medio que son demasiado generales para dar cuenta de la diversidad subjetiva de una vida individual.
Así pues, me he propuesto hoy, a mis ochenta y tres años, explicar el mito de mi vida. Sin embargo, no puedo hacer más que afirmaciones inmediatas, sólo «contar historias». Si son verdaderas no es problema. La cuestión consiste solamente en si este es mi cuento, mi verdad.
Lo más dificil en la configuración de una autobiografía consiste en que no se posee ninguna medida, ningún terreno objetivo desde el cual juzgar. No hay posibilidad de comparación. Yo sé que en muchas cosas no soy como los demás, pero no sé, sin embargo, cómo soy yo realmente. El hombre no puede compararse con nada: no es un mono, ni una vaca, ni un árbol. Soy una persona. ¿Pero qué es esto? Como todo ente, también yo me separé de la divinidad infinita, pero no puedo confrontarme con ningún animal, con ninguna planta y con ninguna piedra. Sólo un ente mítico está por encima de los hombres. ¿Cómo se puede tener una opinión definitiva acerca de sí mismo?
Una persona es un proceso psíquico al que no domina, o sólo parcialmente. Por eso no puede dar un juicio final de sí misma ni de su vida. Para ello tendría que saber todo lo que la concierne, pero a lo más que llega es a figurarse que lo sabe. En el fondo, uno nunca sabe cómo ha ocurrido nada. La historia de una persona tiene un comienzo, en cualquier punto del que uno se acuerda, pero ya entonces era muy complicado. Uno no sabe adónde va a parar la vida. Por esto el relato no tiene comienzo, y la meta sólo se puede indicar aproximadamente.
La vida del hombre es un intento arriesgado. Sólo cuantitativamente se le puede considerar como un fenómeno prodigioso. Es tan efímero, tan insuficiente, que es un milagro que pueda existir algo y desarrollarse. Esto me impresionó ya cuando era estudiante de medicina, y me pareció que sería un milagro no morir prematuramente.
La vida se me ha aparecido siempre como una planta que vive de su rizoma. Su vida propia no es perceptible, se esconde en el rizoma. Lo que es visible sobre la tierra dura sólo un verano. Luego se marchita. Es un fenómeno efímero. Si se medita el infinito devenir y perecer de la vida y de las culturas se recibe la impresión de la nada absoluta; pero yo no he perdido nunca el sentimiento de algo que vive y permanece bajo el eterno cambio. Lo que se ve es la flor, y ésta perece. El rizoma permanece.
En el fondo sólo me parecen dignos de contar los acontecimientos de mi vida en los que el mundo inmutable incide en el mutable. De ahí que hable principalmente de los acontecimientos internos. A ellos pertenecen mis sueños e imaginaciones. Además constituyen la materia prima de mi trabajo científico. Fueron como de lava y de basalto que cristaliza en piedra tallable.
Al lado de los acontecimientos internos los demás recuerdos (viajes, personas y ambiente) se esfuman. La historia de la época la han vivido y escrito muchos: mejor leerles a ellos o escuchar cuando alguien la cuenta. El recuerdo de los factores externos de mi vida ha desaparecido o se ha difuminado en su mayor parte. Sin embargo, los encuentros con la otra realidad, el choque con el inconsciente han marcado mi memoria de modo indeleble. En este aspecto hubo siempre plenitud y riqueza, y todo lo demás quedó eclipsado.
Así, pues, también los hombres se convirtieron en recuerdos imborrables sólo cuando en el libro de mi destino tenían ya sus nombres incorporados desde mucho tiempo antes, y su conocimiento venía a ser como una revelación.
También las cosas que en la juventud o posteriormente me afectaron desde lo externo y se me hicieron importantes lo fueron al quedar incorporadas a la experiencia interna. Llegué muy pronto a la convicción de que si no se da una respuesta y solución desde lo interno a las relaciones de la vida, su significado es muy pobre. Las circunstancias externas no pueden sustituir a las internas. Por eso mi vida es pobre en acontecimientos externos. De ellos no puedo decir gran cosa, porque lo que dijera me parecería vacío o trivial. Sólo puedo comprenderme a partir de los sucesos internos. Constituyen lo peculiar de mi vida, y de ellos trata mi «autobiografía».
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2 Julio 2008
Cuando José era ya un hombre anciano pidió en matrimonio a la virgen María, la reina de Galilea. Un día, cuando iban caminando por un verde jardín, encontraron un árbol cargado de bayas y deliciosas cerezas. Entonces María se dirigió a José suave y dulcemente: -José, recógeme algunas cerezas, porque yo estoy embarazada-
La cólera dominó por un instante a José, que respondió: - ¡Que el padre del niño recoja cerezas para vosotros!-
Entonces el niño Jesús habló desde fuera de la matriz de María: -Que el árbol más alto de cuantos aquí se hayan se incline para que mi madre pueda recoger sus frutos-
Y el árbol más alto se inclinó hasta tocar los dedos de María, y entonces ella dijo: -Mirá, José, ahora tengo todas las cerezas que puedo desear-
Cuando José era ya un hombre anciano pidió en matrimonio a la virgen María, la reina de Galilea.
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30 Junio 2008
Señala hoy la gente hacia la cárcel de Reading, y dice: "Ahí es donde le lleva a uno la vida de artista". Bien; pero podía llevarles a sitios peores aún. El vulgo, esos para quienes la vida es una especie de diestra especulación, fruto de un cálculo cuidadoso de posibilidades, siempre saben adónde van, y derechamente van hacia su objeto. Se proponen como fin ideal, llegar a ser mayordomo de cofradía, y lo consiguen, efectivamente, cualquiera que sea la situación en que hayan sido colocados. Y eso es todo. Y aquel que aspira a ser algo exterior a sí mismo, diputado en el Parlamento, opulento negociante, letrado eminente, o cualquier otra cosa tan aburrida cono las enunciadas, siempre ve sus esfuerzos coronados por el éxito. Y es este su castigo. Quien ansía una careta, no tiene más remedio que usarla.
De muy distinta manera ocurren las cosas con las fuerzas dinámicas de la vida, y con aquellos que las encarnan. Los que piensan tan sólo en el desenvolvimiento de su propia personalidad, no saben adónde les lleva la senda que siguen. No pueden saberlo. Dicho en pocas palabras, es indispensable, como lo pedía el oráculo griego, conócete a sí mismo. Es este el paso inicial de la sabiduría. Pero estriba la etapa final de la sabiduría en compenetrarse de lo insondable del alma humana. Somos nosotros mismos el misterio final, y aun luego de haberse averiguado el peso del sol, y medido las fases del astro de la noche, y sobre el mapa seguido, estrella por estrella, las siete constelaciones, nos falta todavía conocernos a nosotros mismos.
¿Quién sería capaz de calcular la órbita de su propia alma?
El hijo de aquel que salió en busca de los pollinos de su padre, no sabía que le aguardaba el hombre de Dios para ungirle, y que era ya su alma el alma de un soberano.
Espero yo vivir todavía lo suficiente para poder crear una obra que me permita manifestar en las postrimerías de mi vida: "Bien; aquí están ustedes viendo adónde conduce al hombre la vida de artista".
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30 Junio 2008
El periodista Nat Hentoff interrogó en una entrevista de Marzo de 1966 a Bob Dylan en relación al cambio de rumbo del artista desde las raíces folk acústicas hacia el sonido eléctrico de The Band.
“¿Qué te llevó a emprender la ruta del rock´n´roll?”
“La desidia. Perdí a mi auténtico amor. Comencé a beber y acabé en Phoenix. Conseguí un empleo haciendo de chino. Me puse a trabajar en una tienda de baratijas y empecé a vivir con una chica de trece años. Luego apareció aquella gorda mexicana de Filadelfia y quemó la casa. Me largué a Dallas. Conseguí trabajo como “antes” en un anuncio de culturismo que mostraba el “antes” y el “después”. Me fui a vivir con un mozo de reparto que cocinaba unos perritos calientes y unos frijoles fantásticos. Entonces vino la chiquilla de Phoenix, quemó la casa y me tuve que ir a Omaha. Hacia frío allí. En esa época ya robaba mis bicicletas y me freía el pescado. Me fui a vivir con una profesora de instituto que se ganaba un extra con apaños de fontanería. No era nada del otro mundo, pero había construido un tipo especial de nevera que convierte el periódico en una lechuga. Todo iba bien hasta que se presentó el mozo de reparto y trató de acuchillarme. No hace falta decir que quemó la casa y se marchó. Entonces el primer tío que me agarra y me pregunta si quiero ser una estrella. ¿Qué iba a decir?”
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24 Junio 2008
Aquel tapado de armiño todo forrado en lamé que tu cuerpito abrigaba al salir del cabaret. Cuando pasaste a mi lado, prendida a tu gigoló, aquel tapado de armiño cuánta pena me causó.
¿Te acordás en el momento culminante del cariño? Me encontraba yo sin vento y vos amabas el armiño. Cuántas veces tiritando, los dos junto a la vidriera, me decías suspirando: -¡Ay, amor, si vos pudieras!- Y yo con mil sacrificios te lo pude al fin comprar, mangué a amigos y usureros, y estuve un mes sin fumar.
Aquel tapado de armiño me resultó al fin y al cabo más durable que tu amor: el tapado lo estoy pagando y tu amor ya se apagó.
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23 Junio 2008
Un año después de que teminara su relación mutua y siete años antes de la muerte del escritor.
"Mi amada Mary:
Espero sinceramente que te vayan bien las cosas. En cuanto a mí, todo va siguiendo su curso. Trabajo un poco cada día: hago algún dibujo o escribo en árabe. No obstante me paso casi todo el día recorriendo de un extremo al otro este estudio, soñando y pensando en lugares lejanos, ideas todavía enredadas en una nebulosa que no consigo entender.
A veces siento que ya no tengo forma. Parece que soy una nube a punto de tansformarse en lluvia o nieve. Ya ves, Mary, comienzo a vivir muy por encima del suelo. En el pasado yo era apenas una raíz y ahora que estoy libre no sé qué hacer con tanto aire, luz y espacio. Conozco historias de personas tanto tiempo encarceladas que, cuando salieron de su encierro, lo primero que hicieron fue cometer un crimen; habían perdido la costumbre de vivir en libertad.
Espero no tener que volver a la cárcel, Mary, porque Dios es una bendición. Que Él colme tu generoso corazón con Su luz sagrada.
Aunque estés lejos de mí, antes de dormir siempre cojo el meteorito que me diste y toco su superficie; eso me da conciencia de inmensas distancias y millones de años.
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23 Junio 2008
“Si algo en el fondo de ti te dice: "Tú no eres pintor", es entonces cuando hace falta pintar; aquél que sintiendo esto se va a casa de sus amigos y les cuenta sus penas, pierde un poco de energía, un poco de lo que mejor lleva dentro. Sólo pueden ser tus amigos aquéllos que también luchen contra esto, aquéllos que por ejemplo de su propia actividad estimulen lo que hay de activo en ti. Es preciso ponerse a la tarea con aplomo, con una cierta conciencia de lo que se hace es conforme a la razón, así como el labriego guía su carreta o como nuestro amigo que, en mi pequeño croquis, rastrilla su campo, y lo rastrilla él mismo. Si no se tiene caballo, uno mismo es el mismo caballo. Hay una frase de Gustavo Doré que yo he encontrado siempre muy bella:"Tengo la paciencia de un buey". Yo veo dentro de ella algo bueno, una cierta honestidad resuelta: es una verdadera frase de artista. Cuando se piensa en personas en las cuales el espíritu concibe cosas de este género, me parece que los razonamientos que sólo asoman en boca de los marchands de cuadros, a propósito de ‘artistas dotados’, no son más que un horrible graznido de cuervo. ‘Tengo paciencia’, qué sereno es esto, qué digno; tal vez no se diría si precisamente no hubiera todos estos graznidos de cuervos. Yo no soy un artista -qué grosero es esto-, incluso pensándolo de sí mismo. ¿será posible no tener paciencia, no aprender de la naturaleza a tenerla, a tener paciencia viendo cómo aparece silenciosamente el trigo, crecer las cosas? -¿será posible valorarse como una cosa tan absolutamente muerta, que hasta se llegue a pensar que ni siquiera se puede crecer más? ¿Pensaría alguien, por ventura, en contrariar intencionalmente su desarrollo? Digo esto para hacer ver cuán tonto encuentro el hablar de artistas dotados o no dotados. Pero si se quiere crecer, es preciso hundirse en la tierra. Te digo pues: plántate en la tierra de Drenthe y germinarás; no te seques en el empedrado. Hay plantas que crecen en las ciudades, me dirás; sea, pero tú eres trigo, y tu lugar está en un campo de trigo... No pienso decirte nada nuevo, en lo más mínimo; te pido tan sólo que no vayas al encuentro de ideas mejores que las que ya llevas dentro.”
“Vamos, viejo, ven a pintar conmigo en el bosque los campos de patatas, ven, pues, a galopar conmigo detrás de la carreta y el pastor, vente conmigo a ver los fuegos, a tomar un baño de aire puro en la tempestad que sopla sobre la floresta. Ven a meterte en el verde. Yo no conozco el porvenir, si hay que esperar un cambio o no, o si tendremos el viento con nosotros, pero en todo caso no puedo hablar de otra forma; no es en París, no es en América donde hay que buscar, todo es eternamente parecido. Cambia, en efecto, pero es en el campo donde hay que buscar.”
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11 Junio 2008
Cogí sitio en el bar de Joe, el de la esquina de la plaza. Las bebidas se servían como de costumbre y allí se reunía la típica multitud. A mi izquierda apareció Joe McKennedy, tenía los ojos rojos, inyectados en sangre. Cuando me contó aquella triste historia, estas fueron sus palabras exactas:
-Estaba bajando la cuesta hacía el hospital de St. James para ver a mi chica, ella permanecia tendida en una larga mesa blanca, tan dulce, tan fría, tan justa. Déjala ir, déjala ir, Dios la bendiga donde quiera que esté. Ella buscará por todo el ancho mundo pero nunca encontrará otro hombre como yo.Cuando yo muera, entiérrame con mi sombrero de cowboy y ponme unas monedas de oro sobre los párpados, así los chicos sabrán que caí con las botas puestas. Consigue seis tipos duros que carguen el ataud y seis coros de chicas que me canten alguna canción. Contrata una banda de jazz que avance detrás del coche fúnebre para levantar el infierno a nuestro paso. Que seis caballos negros tiren de de esas agotadas riendas. Que treinta hombres me sigan hasta el cementerio, solo doce volverán. Bueno, ya has oido la historia, yo voy a pedirme otra ronda. Y a partir de ahora, si alguien te pregunta, le dices que tenía el blues del hospital de Saint James.-
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