Sugus de piña
Cuando su gato se perdió era un mes de enero. Y le echó de menos. Había días que pasaban horas sin que se acordase, pero al caer la tarde, cuando se sentaba en el escritorio a hacer los deberes, notaba que algo faltaba sobre sus piernas. Le faltaba el tibio calor. Y le faltaba el runrun, y sus manos se iban hacia su falda, buscando unas orejas que tocar...

y al no encontrarlas le entraban ganas de llorar.
A veces sin venir a cuento se ahogaba, se sentía triste y le venían ganas de dejar de respirar. Y entonces le quitaba los papeles a un sugus de piña y se preguntaba por qué el sugus de piña era el único sugus que no daba pistas de a lo que realmente sabía... Entonces dejaba que el sabor del sugus inundase su boca, desde la lengua a la campanilla, y mientras su cerebro disfrutaba del sabor, dejaba de pensar en sus ganas de dejar de respirar...
Cuando su mami se puso mala, la ingresaron en el hospital. La echó tanto de menos... La casa parecía vacía, porque ella no estaba. Y al no estar ella, todos evitaban estar en casa. Porque la casa no tenía alma, y su olor no estaba en la habitación, y era tan desconcertante no tropezarse con ella en el pasillo. Y hasta el repaso que cada mañana la hacía antes de salir... ése repaso con la palma de la mano planchándole la blusa, ese repaso al pelo echándolo p'atrás "que-se-te-vea-la-cara" que tanto la incomodaba... lo echaba de menos. La echaba de menos. Y cada mañana, al levantarse, se acordaba de que llevaba toda la vida compartiendo desayunos con ella... y le entraban ganas de llorar.
Cuando cortó con su primer novio, le echó de menos. Porque se acostumbró a que él la viniese a buscar al instituto los viernes por la noche. Y se acostumbró a que se asomase por el cuadrillo de la puerta y la sonriese... y entonces ella recogía los libros y el bolso y se saltaba la última clase, porque le gustaba su sonrisa. Era tanta la costumbre que aunque descubrieron que ya no se querían, cada viernes por la noche ella echaba de menos que aquella sonrisa apareciese en el cuadrillo de la puerta de su clase...
Cuando llegó el verano, echaba de menos las tardes frías de invierno, cuando el aliento se congelaba al primer contacto con la calle... cuando el sol, tras las nubes parecía un niño castigado sin patio. Cuando el café de la media tarde era siempre compañero de aquel pitillo que aún se podía fumar en el bar de enfrente.
Cuando llegaba el invierno echaba de menos las largas tardes de sol, buscando una sombra esquinera para aliviar el calor... echaba de menos las blusitas sin mangas, y los baños mañaneros de agosto en el mar.
Pero nunca se sintió culpable de echar de menos a su gato, ni el sabor que tenían aquellos sugus de piña, o a su mami, o a aquel primer novio, o el frio en la cara, o el fresquito de las calles esquineras ... porque es normal echar de menos.
Pero ahora se culpa de tener esas carencias, y me mira desde el espejo con ésos sus ojos tristes y sonríe, como ella sonríe cuando mira y no tiene ganas de casi Nada...
Y echa de menos tantas cosas, y se siente tan culpable de echarlas de menos que sólo tiene ganas de llorar por dentro y de reír por fuera.
Me intenta hacer creer que es por su gato, por los sugus de piña, por su mami, por aquel novio... Porque está así por Nada. Y entonces me mira y me sonríe, y entonces ya sé que no piensa explicarme nada de su Nada, porque nadie es capaz de entender su Nada, ni siquiera yo...
Nos duele la cabeza y una gran Nada blanda, áspera y con aires de grandeza se ha empeñado en crecerle en el estómago... y los pobres pulmones quieren respirar, pero no pueden coger todo el aire que necesitan.

Nos vamos a comer un sugus de piña y a ver si conseguimos que esta Nada tan ignorada como estúpida se vaya por donde vino.






beeril dijo
Vaya! Un poco de todo! Qué lío! Jijijiji!
Saludos!
17 Mayo 2008 | 08:57 PM