No recuerdo quién lo puso allí, pero siempre que entraba en la habitación le veía en mitad de la cama, duro, frío, inmóvil sobre un cojín de encajes, sonriendo con las manos abiertas y mirándome con aquellos ojos tan azules y tan duros que a su lado los míos parecían grises y blandos.
Cuatro esquinitas tiene mi cama,
cuatro angelitos que me la guardan.
Dos en los pies, dos en la cabecera
y la virgen María que es mi compañera.
Yo tenía entonces el alma y la piel porosas.
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"Rezarle el Niño Jesús es bueno, y hay que contarle las cosas que han pasado durante el día y pensar en ellas cada noche antes de dormir".
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La fé de mis mayores se filtraba por mis orejas, por mi aliento, se mezclaba con el colacao templado de antes de ir a dormir.
Jesusito de mi vida eres niño como yo,
por eso te quiero tanto y te doy mi corazón.
Tómalo, tómalo.
¡Tuyo es!
Mío no
Pero el Jesusito de porcelana tenía las manos tan frías...
Y las manos frías, aunque dicen que son de corazón caliente, nunca me han dado mucha confianza.
Tal vez por eso, sin poderlo remediar, un día el Jesusito "se cayó" de la cama,
Se hizo un desconchón en la frente, y se le rompió uno de sus dedos fríos.
Por el roto del dedo frío se le veía un alambre frío que confirmaba mi teoría.
El Jesusito no tenía alma.
El Jesusito por dentro era un alambre....
Yo deseaba seguir rezando "Jesusito de mi vida", pero de reojo miraba el alambre que salía de los dedos del niño Jesús.
"¡Tómalo, tómalo, tuyo es mío no!"
Y cogía al Jesusito de la cama y lo metía en el armario, donde no le podía ver.
Cuando su gato se perdió era un mes de enero. Y le echó de menos. Había días que pasaban horas sin que se acordase, pero al caer la tarde, cuando se sentaba en el escritorio a hacer los deberes, notaba que algo faltaba sobre sus piernas. Le faltaba el tibio calor. Y le faltaba el runrun, y sus manos se iban hacia su falda, buscando unas orejas que tocar...
y al no encontrarlas le entraban ganas de llorar.
A veces sin venir a cuento se ahogaba, se sentía triste y le venían ganas de dejar de respirar. Y entonces le quitaba los papeles a un sugus de piña y se preguntaba por qué el sugus de piña era el único sugus que no daba pistas de a lo que realmente sabía... Entonces dejaba que el sabor del sugus inundase su boca, desde la lengua a la campanilla, y mientras su cerebro disfrutaba del sabor, dejaba de pensar en sus ganas de dejar de respirar...
Cuando su mami se puso mala, la ingresaron en el hospital. La echó tanto de menos... La casa parecía vacía, porque ella no estaba. Y al no estar ella, todos evitaban estar en casa. Porque la casa no tenía alma, y su olor no estaba en la habitación, y era tan desconcertante no tropezarse con ella en el pasillo. Y hasta el repaso que cada mañana la hacía antes de salir... ése repaso con la palma de la mano planchándole la blusa, ese repaso al pelo echándolo p'atrás "que-se-te-vea-la-cara" que tanto la incomodaba... lo echaba de menos. La echaba de menos. Y cada mañana, al levantarse, se acordaba de que llevaba toda la vida compartiendo desayunos con ella... y le entraban ganas de llorar.
Cuando cortó con su primer novio, le echó de menos. Porque se acostumbró a que él la viniese a buscar al instituto los viernes por la noche. Y se acostumbró a que se asomase por el cuadrillo de la puerta y la sonriese... y entonces ella recogía los libros y el bolso y se saltaba la última clase, porque le gustaba su sonrisa. Era tanta la costumbre que aunque descubrieron que ya no se querían, cada viernes por la noche ella echaba de menos que aquella sonrisa apareciese en el cuadrillo de la puerta de su clase...
Cuando llegó el verano, echaba de menos las tardes frías de invierno, cuando el aliento se congelaba al primer contacto con la calle... cuando el sol, tras las nubes parecía un niño castigado sin patio. Cuando el café de la media tarde era siempre compañero de aquel pitillo que aún se podía fumar en el bar de enfrente.
Cuando llegaba el invierno echaba de menos las largas tardes de sol, buscando una sombra esquinera para aliviar el calor... echaba de menos las blusitas sin mangas, y los baños mañaneros de agosto en el mar.
Pero nunca se sintió culpable de echar de menos a su gato, ni el sabor que tenían aquellos sugus de piña, o a su mami, o a aquel primer novio, o el frio en la cara, o el fresquito de las calles esquineras ... porque es normal echar de menos.
Pero ahora se culpa de tener esas carencias, y me mira desde el espejo con ésos sus ojos tristes y sonríe, como ella sonríe cuando mira y no tiene ganas de casi Nada...
Y echa de menos tantas cosas, y se siente tan culpable de echarlas de menos que sólo tiene ganas de llorar por dentro y de reír por fuera.
Me intenta hacer creer que es por su gato, por los sugus de piña, por su mami, por aquel novio... Porque está así por Nada. Y entonces me mira y me sonríe, y entonces ya sé que no piensa explicarme nada de su Nada, porque nadie es capaz de entender su Nada, ni siquiera yo...
Nos duele la cabeza y una gran Nada blanda, áspera y con aires de grandeza se ha empeñado en crecerle en el estómago... y los pobres pulmones quieren respirar, pero no pueden coger todo el aire que necesitan.
Nos vamos a comer un sugus de piña y a ver si conseguimos que esta Nada tan ignorada como estúpida se vaya por donde vino.
El día 2 de mayo de hace 200 años el pueblo (no sus políticos, ni sus gobernantes, no) de Madrid se echó a la calle para que los "aliados" franceses volviesen a su tierra.
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Y no había internet, ni foros temáticos, ni "kdadas" vía SMS, pero, ante la permisividad del gobierno con "el gran francés" otros pueblos hicieron lo mismo.
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Y en Zaragoza, la virgen del Pilar no quería ser francesa.
Y las mujeres capitaneadas por Agustina disparaban los fusiles de los hombres que morían en la lucha.
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Y en Cádiz, cómo dice la copla, "con las balas que salen de sus cañones, se hacen las gaditanas tirabuzones".
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Y en las montañas de Montserrat, en un paso estrecho que he cruzado decenas de veces, Isidre Lluçà y Casanovas, un joven tamborilero tocó su tambor para alertar de la llegada de las tropas francesas.
Y la montaña hizo resonar su tambor cómo si fuesen los tambores de una tropa entera, y les hizo retroceder.
Ahora ése paso se llama "El Pas dels francesos".
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Y la historia se plasmó en un auca,
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Las "aucas" se cree que provienen de imitaciones de los dibujos del juego de la oca, a los que se les añadía un "rodolí", que es una rima simple.
En el siglo XVII, en Cataluña, se popularizaron tanto que llegaron a ser un arte propio, y hoy hay cientos de "aucas" que recrean hechos y leyendas que forman parte de la historia catalana (y por tanto, española) en imágenes y versos.
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Como ésta.
Auca del Timbaler del Bruc (2007)
Texto: Ramón Cuéllar i Sorribes
Dibujos: Roger Tallada i Solano
1. En Junio de mil ochocientos ocho
hubo un hecho casual.
2. En Cataluya, el francés
tomaba lo que le apetecía del campesino
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3. vaciando huertos y bodegas,
pisándonos cómo si no pasase nada.
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4. Los monasterios saqueaba
y las iglesias quemaba.
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. 5. Schwartz, el general a caballo,
es orgulloso cómo un gallo.
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. 6. A Lérida quiere ir
por Abrera pasará
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7. Cerca de Montserrat
sale el hombre mal parado
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8. Pierde un cañón grande en Abrera
y su derrota es completa.
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. 9. Chabrán, un general,
se prometió hacernos mal.
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10. Por funestos escenarios
hay soldados, mercenarios,
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11. gavachos e italianos,
casi cuatro mil soldados.
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12. En el Bruc, un pueblo honrado
quieren vivir con la cabeza alta.
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. 13. Los valientes bruquetanos
toman el fusil en mano
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. 14. Un joven de Santpedor
se enrola en los "somatents"
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15. El Isidro, "hereu" de LLuça,
un Casanovas muy sano.
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. 16. Sin fusil: tiene valentía
y un tambor de cofradía.
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. 17. Cuando las tropas se acercan
"somatent" y gente avanzan.
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. 18. Cañonazos a dos bandas,
también tiros y porrazos.
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. 19. Isidro toca el timbal
lejos del camino real.
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.20. La montaña resuena
haciendo mucha jarana.
21. Los invasores, muy sorprendidos
huyen despavoridos.
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22. Fué una brillante campaña
al pie de nuestra montaña
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23. De una batalla tremenda
hacemos una leyenda.
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24. La leyenda del Tambolirero.
Un hecho de armas verdadero.
Mi pequeño (casi insignificante) homenaje a las víctimas del levantamiento de Madrid del 2 de Mayo.
Patrona dels inactius,
Santa Mandra del migdia,
protegiu l'amor furtiu
-si així ho vol Déu, així sia-.
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Patrona de los inactivos,
Santa Pereza del mediodía,
proteged el amor furtivo
-si así lo quiere Dios, que así sea-
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Joan Manuel Serrat, cremant núvols
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Y digo yo...
que si Serrat paró el mundo un mediodía.
Si mendigó la siesta mirando al cielo y la siesta le fué concedida.
Si elevó a los altares a la Pereza de tal manera que la nombraron Santa.
Santa Mandra del Migdía...
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Y digo yo...
que si Lafargue escribió tantísimas páginas reivindicando el derecho de todos a ser perezosos.
Un derecho que si lo piensas es mucho mas natural que el derecho al trabajo.
Un derecho que va contra el dicho de "trabajar como las hormiguitas".
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Y digo yo...
que si Moustaki cantó aquello de que la vida hay que tomarla por la cintura, y que para disfrutarla no es necesario haberla ganado en una dura batalla.
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Y digo yo...
que si gente tan sabia lo ha dicho¿quién soy yo para contradecirles?
¿Por qué un triste Trasto no va a tener derecho a la pereza?
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No pienso hacer nada productivo en tooooooda la pasarela.
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Porque los Trastos no tenemos puentes... pero tenemos pasarelas como éstas.
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Y nos las pateamos (por pura pereza) cada vez que nos da la gana.
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Y si alguien quiere saber más de mi pasarela, que que clique aquí.
Ésta mañana las calles estaban eufóricas de polen y estornudos, y la primavera campaba a sus anchas, alterando hormonas adolescentes, enseñando ombligos con piercings, enredando melenas, guiñando ojos tras las gafas de sol, buscando sombras frescas, enseñando sonrisas, brazos, piernas, escotes, barriguitas cervezeras...
Hacía calor, yo canturreaba... y primavera también me asaltó.
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Y ante un asalto así, a ver quien es la chula que no se emboba en una parada de artesanos, se compra un collar de colores, se desabrocha otro botón de la blusa, se sienta en una terraza, se pide una clarita, una bolsa de patatas fritas y se deja llevar...
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¡Mírame, Primavera!
. ¡Mírame, que tengo un collar nuevo para que me mires tú!
. ¡Y haz conmigo lo que quieras!
De pronto me asaltó la primavera. Casi todo huele a hierba que acabaran de cortar…
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No sé cómo agarré esta borrachera. Debe ser la luna nueva que no para de enredar…
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Voy con todo el sol de la mañana, cómo recién amasada, tibia, limpia, como un pan.
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¡Mírame, por dios, que esto es la guerra! . ¡Quiero ser tu prisionera y tirar la llave al mar!
Amarillea la fotografía.
Ahí está mi padre de paisano
abrazado a mi madre y a mi hermano.
Y ése soy yo. Así fuimos un día.
Estampa en sepia
Joan Manuel Serrat, en homenaje a Juanito Valderrama
Cazuela de sepia con fideos
(O la virgen de la jibia)
Cuando mi madre me enseñó a cocinar esta receta, ella cantaba entre instrucción e instrucción la "Pena Mora" de Valderrama.
Yo ajena al guiso, pintaba con rotuladores el hueso de la jibia, con cuidado de no pintar la "virgencita" que había en la parte de arriba.
Hace años que no veo jibias en casa.
Ahora las venden en las tiendas de animales, para que los pajarillos presos tomen calcio.
Mi padre, en el patio, silbaba lo que mi madre andaba cantando mientras le ponía su hueso de jibia a un verderón.
Pena mora, pena mora
que es martillo de tormento
en mi sien a todas horas.
Ingredientes:
Un par de sepias hermosas, tal y como salen del mar, con su jibia (una para los pájaros de mi padre, la otra para mi).
Un puñao de almejas.
Tres tomates rojos y gordos
Una cebolla
Fideos
Agua, aceite y sal
En una olla se pone agua a hervir con sal. Cuando esté hirviendo se le echa un puñao de almejas.
En una cazuela se pone aceite y se hace la sepia, hasta que quede dorada, y cuando esté hecha, se pasa a un plato.
En el mismo aceite se pone la cebolla cortada a cuadritos, y cuando empiece a estar dorada, se echa el tomate, y se deja a fuego muy, muy lento.
Pena mora, pena mora
que me quema a fuego lento
desde la noche a la aurora.
Cómo las mejores cosas, todo sale mejor a fuego lento, sin prisas.
En la vida, cómo en los guisos, a veces hay que esperar a que el sofrito llegue a ése punto crítico, en que casi se quema, pero sin que se llegue a quemar, para que de buen gusto al guiso y a la vida.
Luego se incorpora al guiso la sepia, se le añade el agua de haber cocido las almejas, se le echan los fideos y las almejas escurridas.
Con un cuchillo yo me abriría
para que me vieras mi corazón
y qué penita que te daría
y al verlo negro como el carbón.
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Y a devorar... cómo yo devoro en mis recuerdos la voz de mi madre mezclada con el murmullo de los pucheros.
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Y los silbidos de mi padre y de sus alegres pajarillos presos dándole la réplica mientras él les limpiaba las jaulas y les echaba agua fresca y alpiste nuevo.
Pena mora, pena mora
que me nubla la razón
y es lo mismo que un león
que por dentro me devora.
Y yo, sentada en el escalón del patio, esperando que la cazuela estuviese hecha, pintando mi jibia con mi caja de cariocas de colores, pidiéndole a la "virgencita de la jibia" que un día se abriesen todas las jaulas del patio y dejase volar a los canarios presos de mi padre.
Mi hijo siempre cree que él y yo somos similares, semejantes, y que ante estímulos externos sentimos lo mismo.
Por eso cuando tiene una sensación rara me la cuenta con una pregunta.
A veces porque no sabe qué sentir ante lo que siente, porque está creciendo y necesita saber qué siento yo para entender lo que siente él.
Simpatía, simbiosis, o filiación, o... no sé cómo se llama éso que nos une tan fuerte a mi hijo y a mi, aunque nos enfademos, y yo le riña cual malvada metomentodo y él se rebote...
Hoy, como muchos sábados estaba yo en el PC, con mi cafelito, leyendo...
El ha subido a hacer los deberes y me ha dicho:
- ¿Mamá, tú no tienes hoy una sensación rara?
He mirado por la ventana, y he visto que hace aire...
- Hummm... ¿hoy? No. ¿Que sientes tú?
- No sé... ¿Tú no sientes hoy cómo que el mundo se te queda chico?
Y he sentido que hay días en los que el mundo me queda grande.