JUSTO EN AQUELLA ESQUINA
Ésta mañana mientras caminaba rumbo a la escuela, con el paso apresurada, escuchando una Salsa y siempre mirando, vi a un grupo de niños y niñas en el medio del caos de Sol. Acababa de llegar a la esquina luego de haber atravesado la inmensidad de la Plaza Mayor. Esperaba que la luz del semáforo diese alguna “señal de vida” y nos permitiera cruzar a mí y a los que allí esperaban. Eran eso de las 10:40 así que el tráfico estaba insoportable. Los carros andaban a una furiosa velocidad. El sol brillaba y no había ninguna señal de lluvia. Se podía ver a la gente caminando por las calles. Se veían a los turistas haciendo fotos, a los madrileños yendo al trabajo o al colegio, a la gente vagabundeando enfrente al reloj en Sol. Aquel que queda allí a unos pasos de Kilómetro Cero. A pesar de que algunos esperaban la llegada de otros nadie ojeaba su reloj. El reloj de Sol estaba allí por estarlo, así como estaban las campanas de las iglesias hoy en día. Allí de lujo. Había gente que iba y gente que venia por todas partes. Gente que salía del Metro y que gente que entraba en el. Había personas que entraban a tiendas con las manos vacías y salían con una que otra cosita. En fin, todo eso parecía el desconcierto cotidiano de una noche en Madrid. Conste que eran apenas las 11. Bueno, en medio de todo eso, el barullo del tráfico y el griterío de las personas, oí una manada de pequeños pasos a mis espaldas. Di media vuelta y allí, ate mis ojos, vi a unos cincuenta niños y niñas yendo rumbo al Teatro Mayor a ver "El Arca de Noel". Iban, al igual que en la historia del arca; todos agarraditos de las manos, dos por dos, cruzando aquel infierno. Me llamó tanto la atención aquellas dulces sonrisas de niños escolares. Fue como si en ese mismo instante, en que mi mirada se encontró con aquel acontecimiento, todo aquel caos desaparecía y solamente se veía aquel peregrinaje angelical. Pero, de repente, el silbido del semáforo volvió a anunciar el cambio de luz. Y como si nada, me puse en marcha. Rumbo a la escuela, con el paso apresurada, escuchando una Salsa y siempre mirando.

Mercedes dijo
En una ciudad tan abarrotada como ésta, uno de los pocos placeres gratuitos y reconfortantes de los que podemos disfrutar es la observación de los pequeños detalles. Sentarte en un banco de la plaza y mirar. Sentarte en una terraza y mirar. Asomarte al balcón o a la ventana y mirar. ¡Qué cantidad de vidas, de alegrías y de penas pasan por delante sin que nos demos cuenta la mayoría de las veces...!
23 Marzo 2006 | 06:53