Han querido hacer de su muerte un espectáculo sangriento, pero no era más que salsa de tomate. Sin embargo, el sangrado que ellos han producido en la vida de algunas personas no ha sido un artificio, ha sido un daño real. Por eso, que desaparezca de la pantallas Aquí hay Tomate es una buena noticia para el mundo de la televisión. El “hay tomate” en realidad era el disfraz bajo el que se escondía un “vale todo” inaceptable para quienes creemos que la televisión debe tener un mínimo de dignidad y mirad que pido poco, sólo un mínimo.

Las razones por las que desaparece el programa no las sabemos a ciencia cierta. El descenso de audiencia ha existido, pero los resultados que aún tenía esta lata de tomate eran más que aceptables para los registros que se dan hoy en día. El desgaste del formato, por tanto, existe, pero tampoco parece tan determinante como para llevar a la supresión del mismo. La presión externa para la supresión de un espacio tan poco ejemplarizante es otra de las hipótesis, pero esas teorías conspirativas que tan bien quedan para venderse como mártires de una causa (por poco digna que esta fuera) suelen ser más proyecciones de egos que necesitan creerse el centro del universo que hechos reales. La posible cruzada de Telecinco para un blanqueamiento progresivo de sus contenidos puede estar también detrás de la decisión, pero nunca la cadena reconocería tal hecho, por cuanto supondría una confesión pública de pecados muy prolongados en el tiempo con este y otros formatos. Lo más lógico que no haya una sola causa determinante, sino que todos los factores mencionados hayan influido en mayor o menor proporción, junto con otro factor que a menudo olvidamos y que también tiene su peso, como es el de las relaciones personales entre directivos y miembros del programa.

Desde que se conoció la noticia, han sido muchos los profesionales que, de repente, se han dedicado a hacer una especie de homenaje póstumo al programa. Esa especie de corporativismo absurdo hace que haya que hablar bien de unos compañeros que han marcado un estilo, una forma de hacer, de tratar las noticias del corazón, bla, bla, bla. Yo lo siento, pero no puedo, como creo que los agentes de bolsa no pueden salir en defensa del que le hizo un agujero a Société Genérale de 4.500 millones de euros, por la sencilla razón que ese comportamiento escapa a la ética de la profesión. Eso era para mi el Aquí hay Tomate, un programa que no se correspondía con lo que, para el mojigato en que me he debido convertir, deben ser unos mínimos criterios éticos en la elaboración de un programa de televisión. Ese constante traspasar la frontera siempre se trató de camuflar bajo el pretexto de que se trataban los temas con humor, pero hay que ser muy naïf para que te la den con el queso envenado de esa trampa. Yo no voy a caer en ese corporativismo, simplemente porque hay personas que trabajan en los mismos medios que yo, pero a los que no considero mis compañeros.

Para Aquí hay Tomate no existía el derecho a la intimidad ni de los vivos ni de los muertos, se podía menospreciar, vejar, humillar a cualquiera desde esos comentarios en off en los videos en los que unos redactores protegidos por el anonimato se convertían en jurados de virtudes y de defectos desde no se sabe qué autoridad personal. Pues mira, no. Yo creo en el derecho a la intimidad, el derecho al honor y la protección de las personas. Y no creo ni en el insulto ni en el menosprecio como forma de moverse por la vida. Ya me gustaría ver a muchos de esos offs en las circunstancias en las que se permitían reírse y mofarse de los demás. Igual entonces se quedaban mudos al verse en el espejo de sus comentarios. Todos en el desempeño de nuestra profesión nos equivocamos a veces, pasamos determinados límites y hemos podido caer en algo de lo que estoy criticando, yo el primero. La diferencia es que muchos lo tomamos como conducta a evitar cuando nos damos cuenta de ello y otros como sistema de trabajo.

También me ha sorprendido mucho cómo en los últimos los presentadores del Tomate han intentado tomar distancia con el programa y sus contenidos. Les he oído decir que ellos no conocían algunos de los vídeos del programa (hay que ser poco profesional para ello, creo yo), que simplemente eran los presentadores y argumentaciones similares. Y digo esto porque, hasta donde yo sé, en la televisión no existe la obediencia debida, que es discutible que exista hasta en el ejercito. Por eso, si uno es honesto y está en desacuerdo con los contenidos que presenta, lo plantea en el equipo y, si la cosa sigue igual, te vas. Así que no nos vengan con cuentos, que todos sabemos muy bien de lo que hablamos. Jorge Javier Vázquez no es un pobre inocente víctima de un director diabólico. En RNE, por ejemplo, vimos como en una temporada sembró de maledicencia el espacio de corazón que había en Buenos Días por la ocurrencia que tuvo Antonio Jiménez, periodista de Siles de larga trayectoria y ahora en Intereconomía, de ficharle. Hasta tal punto lo hizo, que al año siguiente la dirección, que no es que fuera muy brillante, cortó por lo sano y eliminó esa franja horaria y ese contenido del programa. También le hemos visto blandir el arma de su homosexualidad contra cualquier crítica, como si nos importara su inclinación sexual en lugar de la laxitud de su moral en su desempeño profesional. Qué curioso que Jesús Vázquez tenga el respeto de la profesión siendo homosexual y que a Jorge Javier se lo echemos en cara. Aquí no se trata de homofobias, sino de que cada uno se gana con sus actos el respeto y la credibilidad. Por eso unos lo tienen y otros no.

No todo vale, no todo vale ni para conseguir el éxito ni para ganarse la vida. Porque haciendo determinadas cosas sólo se puede conciliar el sueño cuando uno se dopa con el éxtasis del éxito, si a éxito llamamos un programa de mucho share. Será porque hasta ahora desconocíamos los efectos psicotrópicos del Tomate. Igual por eso se pasaban tanto. Habrá que poner control antidoping en la televisión

Visto en el blog de Javier capitán