De vuelta... de todo
Estoy de un vago que no me reconozco. Acabo de volver de un viaje por la Toscana y todavía estoy aterrizando. Pero me lo he montado bien porque tengo vacaciones hasta finales de mes, por lo que me puedo tomar con calma lo de aterrizar.
Y eso que el viaje no parece haberme sentado muy bien. Al día siguiente de volver tenía un lumbago que no me podía ni mover, no sé yo, me da a mí que fue el aire acondicionado del avión (hacía un frío que pelaba!!!)... en fin, no lo sé, la cuestión es que no me puedo casi agachar desde que he vuelto, así que he decidido tomármelo con calma. El problema es que a veces la calma excesiva hace que una se sienta baja de ánimos, me deprime muchísimo estar enferma, a veces pienso que me he vuelto un poco hipocondríaca, cosa que no he sido jamás, pero me preocupo en exceso cuando algo me pasa, tiendo a pensar lo peor. Claro, que más malo aún es pensar que antes (cuando era MÁS joven) esto no me pasaba y que, a partir de ahora, todo va cuesta abajo. Ya sé que es un poco exagerado, incluso es woodyalleniano, pero no puedo evitarlo.
La vejez es algo que me planteo muchísimas veces. Pienso en cómo se siente la gente mayor, de setenta años en adelante, que un día fueron como yo, es imposible experimentar lo mismo a no ser que tengas esa edad, pero en muchos aspectos debe ser frustrante. Siempre recuerdo una frase de Marguerite Duras en su novela, El amante. Parece ser que cuando tenía unos veinte años su rostro empezó a cambiar y a deteriorarse, pasando de la bellísima mujer que había sido, a una persona más bien fea y vulgar (la que todos conocemos por las fotos). Decía que no le preocuparon los cambios, sino que los observaba con un interés casi científico. Siempre recuerdo esa frase porque a veces me descubro mirándome a mí misma en el espejo de la misma forma. Analizando esos cambios de una manera fría, objetiva y científica. Y tratando de asumir que eso es así. Es difícil aceptar que uno es como es, que el físico de la mayoría de las personas no corresponde a los cánones de belleza vigentes, que nuestro rostro carece de la simetría perfecta exigida... Deberíamos asumir la belleza desde otro punto de vista, el de la aceptación de nuestro cuerpo, no el del castigo y la violencia hacia nosotros mismos, que es el germen de toda la violencia ulterior. Vivimos en un mundo dominado por violencia, la agresión y el odio. El que muchísima gente practica con su propio cuerpo y, como consecuencia, con el de los demás.
En fin, creo que por hoy ya está bien.

msdalloway dijo
La frustración surge durante la vejez sobre todo cuando no se acepta la edad que se tiene y las capacidades que se disfrutan y en lugar de ello, uno se compara constantemente con épocas pasadas o personas más jóvenes. Si no, no hay problemas.
El ideal de belleza... puf, mal asunto para las personas que envejecen (todas a partir de los 30 más o menos) porque lo primero que exige tal modelo hoy es juventud.
Saludos
18 Agosto 2006 | 08:47