Recopilación de algunas curiosas anécdotas.
Knut Hamsun
El nobel de Literatura noruego visitó París por primera vez en 1894. Al volver a casa, y antes de que empezara a explicar sus aventuras, le preguntaron: «¿Tuviste algún problema con tu francés». «No –replicó él-, pero los franceses sí»
George Washington
En plena Guerra de la Independencia, George Washington envió a sus oficiales a requisar los caballos de los terratenientes locales. Llegaron a una vieja mansión y cuando salió su anciana dueña le dijeron: «señora, venimos a pedirle sus caballos en nombre del Gobierno». «¿Con qué autoridad?». «Con la del General George Washington, comandante en jefe del ejercito americano». La anciana sonrió y zanjó el tema: «Váyanse y díganle al general Washington que su madre dice que no puede darle sus caballos».
Klemens Von Metternich
Estaba el estadista austriaco debatiendo sobre estratagemas de guerra con Napoleón Bonaparte cuando éste le gritó: «¡Con bayonetas puede hacerse de todo!». A lo que Metternich respondió con frialdad: «Todo señor, menos sentarse encima».

James Joyce
Cuentan que los padres del poeta irlandés estaban desayunando cuando el padre, que ojeaba el periódico, le dijo a su mujer que el diario publicaba la esquela mortuoria de una vieja amiga suya: «¡No me digas que se ha muerto!», exclamó la mujer afligida. «No sé si habrá muerto, pero el caso es que la han enterrado».
Sir Woodrow Wyatt
El político laborista era muy amigo de Margaret Tatcher. Tanto que mantenía contacto telefónico diario. Un día, Petronella, la hija de sir Wyatt, descolgó el teléfono en plena conversación, intrigada por saber de qué hablaban, y oyó decir a la señora Tatcher: «Woodrow, today I want to talk about sex (hoy quiero hablar de sexo)». Pegada al teléfono, siguió escuchando y, al rato, colgó aburrida. ¡Hablaban de «sects (sectas)»!
Jed Harris
El productor teatral cogió la manía de que no oía y fue al otorrino. El doctor dejó caer una moneda. «¿Puede usted oír este sonido?». «Sí, señor», le dijo Harris. El médico se alejó, sacó un reloj del bolsillo y le preguntó: «¿Puede usted oír el tic-tac?». «¡Y tanto que lo oigo!». Se fue a la habitación de al lado: «¿Y ahora, oye el tic-tac?». «Naturalmente». «¡Pues vaya! –replicó el médico-. Usted no está sordo, usted no quiere escuchar».
Patrice Maurice Mac•Mahon
El mariscal de Francia y presidente de la República era un hombre que no brillaba por su inteligencia. Un día, mientras visitaba un hospital, se detuvo ante la cama de un soldado enfermo y se interesó por él. «¿Qué tiene?», preguntó. «Fiebre tifoidea tropical», le respondió un médico. «Mala cosa –replicó Mac•Mahon-. O se muere uno o se vuelve tonto. Lo sé porque la tuve cuando estaba en Argel».
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Fuente: Recibido a través de e-mail. (¡Gracias José Manuel!)