Categoría: Relatos
17 Noviembre 2008
¿Debo o no debo? ¿Se lo digo? ¿O no se lo digo?
La verdad es que no sé qué hacer. En el fondo, se le ve tan feliz en su ignorancia que hasta sabe mal sacarle de su error. Pero ¿quién soy yo para entrometerme en su vida? Si él está contento, allá él. Además, cabe la posibilidad de que permanezca en el engaño a posta. Ya, ya sé que parece absurdo que alguien quiera vivir engañado; pero hay que contemplar esa posibilidad. No sería el primero que se niega a reconocer la realidad. Ni el último.
Pero ¿y yo? ¿es que no cuento nada? ¿es que no es menor el pecado que se realiza por omisión? Porque se me dirá que soy un entrometido, que no tengo derecho alguno de invadir la intimidad ajena. Su intimidad. ¿Y qué pasa con la mía? Por que si yo no supiera nada, si de nada de esto me hubiese enterado, pues también viviría contento y feliz con el engaño. Pero resulta que no es así. Y si callo y permito que siga en su error, la que sufre entonces es mi conciencia. ¡Y mi pobre conciencia ya ha cargado con demasiadas cosas en su dilatada existencia!
No, no es que haga de la Verdad, un valor absoluto. Esa ingenuidad la perdí hace mucho tiempo. De hecho, no creo que exista la Verdad así, en mayúsculas. Los predicadores de esa verdad universal, cósmica o divina, acaban negándonos la libertad. No la libertad absoluta, que esa tampoco existe; sino la relativa libertad de lo cotidiano, esas pequeñas libertades del cada día que, al fin, son tan importantes, pues de ellas se sustentan otras libertades más generales. Fijaos en vuestro deliberar para tomar una decisión cualquiera. Por ejemplo cuando decidimos que vamos ha hacer hoy para comer, y cuando decidimos qué papeleta escogemos a la hora de votar. Me diréis que la trascendencia de lo segundo no es equiparable con la de lo primero. Alguien puede argumentar que un voto, un solo voto, puede cambiar el gobierno del país. Pero ¿de verdad creéis que, si os impidieran decidir entre unas judías verdes o un estofado de buey, seríais libres para escoger la papeleta del voto? No, simplemente: no. Y no es que eso de ir a votar cada cuatro años tenga tanta importancia; pero es lo único que tenemos. Es decir, en cuanto a lo que a la política y al gobierno de la Nación se refiere. Al fin y al cabo tan sólo pueden ganar las elecciones aquellos partidos –y aquellas ideas- que pueden movilizar cientos de millones de euros en publicidad. Para eso se necesita ser buen amigo de banqueros y capitostes; aunque uno se diga de izquierdas o revolucionario. ¡Cuántos partidos que llevan en su nombre la palabra revolucionario, obrero o socialista, son financiados por los mismos bancos que financian a sus opositores. Siempre he pensado que eso debería hacer pensar a la gente sobre lo estrechas que son las opciones a la hora de escoger el voto en nuestras democracias occidentales. Hay mucha más diferencia entre las judías y el estofado; además, al final puedo decidir cenarme unos huevos fritos y mandar al congelador a las demás opciones. Cosas de la libertad.
Pero, jugar con mi conciencia, es otra cosa. Creo que debo decírselo; no por él, sino por mí. Para salvaguardar mi integridad moral. Si él ha preferido vivir en la mentira o verdaderamente está engañado, tanto da. En el primer caso, siempre le queda el recurso de ignorar lo que yo le diga poniendo como excusa una nueva mentira; en el segundo, si la verdad le hace infeliz no será mi culpa, sino la de quienes le han mantenido en el engaño tanto tiempo. Son cosas, éstas, del conocimiento. Estar cerca o en posesión de la verdad, se supone que es una muestra de sabiduría. Para ello acudimos a la escuela y, los que pueden, más tarde a la universidad. Parece que, cuando una afirmación la hace un doctor, es más verdadera que cuando la realiza su portera. Eso es lo que cree la mayoría de la gente. Y mucho más los doctores. Así nos encontramos a médicos –que siempre se llaman “doctores”- aseverando sobre cualquier materia: sea política, sicología, religión o economía. Incluso en arte parece que la opinión de un licenciado en ingeniería vale más que la de un barrendero. Así de ufanos vamos los licenciados por el mundo, soltando afirmaciones a diestro y siniestro, con mirada segura y engolando la voz. Si alguien afirma que en las escuelas ocurre como en la política: que se enseñan aquellos conocimientos que son considerados útiles por los mismos señores que financian a esos partidos, tan similares entre ellos, a los que hacíamos mención antes, lo tendremos por loco. Y, por supuesto, los sabios que en estas universidades enseñan son los que dominan esos concretos saberes que tan útiles resultan a los mismo amos.. No me extenderé con lo que ocurre con la verdad en los periódicos, televisores o radios. No me gusta reiterarme.
Así que, me preguntaba al principio si debo o no debo decirle la verdad. Aunque le duela. ¿A ti que te parece?
Claro que, quizás, ya lo he hecho.
Un saludo,
zenon
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19 Octubre 2008
La mano que mató a Nonó
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Debía haberlo pensado antes. Pero ya estaba hecho y no tenía remedio. La muñeca yacía en su cuna de juguete con el puñal clavado en el vientre. De la herida manaba ocre serrín, que resbalaba por el vestidito rosa hasta juntarse sobre las sábanas, en una especie de charco seco.
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Marianito no podía apartar los ojos de su mano, que había congelado el gesto justo tras soltar la empuñadura del cuchillo. No comprendía cómo había sido capaz de apuñalar así, a sangre fría, a Nonó. Ahora ella yacía sin remedio, esparciendo limaduras, en la cunita de madera donde la ponía a dormir su hermana.
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¿Por qué lo había hecho? Nonó nunca le había hecho nada a él. Era una buena muñeca, que tenía entretenida a su hermana durante horas; lo cual era ventajoso para Marianito que, mientras, podía jugar con sus soldados sin ser importunado. ¿Qué le había pasado?
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Había entrado en la habitación de su hermana buscando una bala de cañón, que había rodado desde las trincheras que, en el pasillo, tenía dispuestas para la batalla que libraban tropas francesas contra heroicos guerrilleros españoles. Le había regalado ese juego su abuelo Santiago, cuando su noveno cumpleaños. Una caja grande, que dejaba ver, a través de una ventana de celofán, dos hileras de soldados y un pequeño cañón que disparaba canicas. Unas grandes letras, rojas y amarillas, rezaban “Guerra de la Independencia Española”. Aunque su abuelo le dijo que aquella guerra la ganaron los valientes guerrilleros españoles, a Marianito le encantaba tumbarlos con el cañón de canicas, hasta la victoria final de los soldados franceses. Y una de esas canicas había rodado dentro de la habitación, hasta dar con el pie de la cuna de Nonó.
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¿Cómo era posible que, justo al lado de ese mismo pie de cuna, hubiera un cuchillo? ¿Quién lo había dejado allí? ¿Por qué? No hallaba respuesta a estas preguntas. Pero su mano permanecía allí, congelada ente sus ojos y la empuñadura del arma con la que acababa de asesinar a Nonó. El hecho era irrefutable: había sido él, Marianito, quien, con gesto irreflexivo, al levantarse, cuchillo en mano, lo había hundido en la panza de la muñeca. Nonó se encogió ligeramente con el golpe. Luego, recuperó la horizontal, mientras se vertía por su costado el contenido de sus entrañas. Con esfuerzo, giró el antebrazo hasta que la palma de la mano le mostró su palidez redonda, de la que surgían los cinco dedos, pequeños y encorvados en forma de garra. Distinguía la suciedad negra que anidaba bajo sus uñas. Tuvo la sensación de que veía por primera vez aquella mano. Pequeña, pálida y sucia mano. Una flor de cinco pétalos que se abría desde el puño de la camisa. Una mandíbula con cinco colmillos sedientos de carne tierna. El pulgar, comandando una escuadra nocturna y acechante, parecía soportar una tensión que perseguía forzarle a cerrarse sobre las falanges de esos cuatro caballeros para someterlos en un solo puño. Una mano que, sin tener ojos, le miraba. No sabía cómo; pero le miraba. ¿Pueden mirar las manos? ¿Nos observan? ¿Para qué? Tampoco había, para estas cuestiones, respuesta.
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Notó un leve dolor en el codo. Con sordo murmullo iniciaba una flexión que, advirtió, tendía a acercar la mano hacia él. Más concretamente, hacía su cuello. Estaba paralizado de terror y sorprendido al mismo tiempo. Aquello debía ser un sueño; pero, pudo observar que, en el puño de su camisa, tremolaban unas briznas de serrín. Demasiado reales para ser un sueño, se dijo; y se esforzó en dominar el movimiento de aquella mano que, lentamente, se acercaba a él. Un esfuerzo vano, pues pronto la perdió de vista, desapareciendo, oculta bajo su mentón. Donde ya no podían seguirla sus ojos. Notó, al principio un cosquilleo en la piel; luego un dolor al notar como los dedos se cerraban alrededor de su traquea con determinación casi metálica. Apenas pudo esbozar, con el último halito de voz, un “Nonó, te quiero”.
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Entre lágrimas, su madre, contaba a la policía que lo había encontrado a los pies de una cuna de juguete, con la mano aferrada al cuello, amoratado por la asfixia.
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Incomprensiblemente, se había atragantado con una canica de cristal.
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La hermana de Marianito, mientras, cosía la herida de Nonó.
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fin.
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13 Octubre 2008
El Vigilante.
Poema urbano de soledad
Atravesaba las avenidas sin mirar, sin que le atropellaran. Le hubiese hecho un favor. Al menos, eso era lo que pensaba él aquel día. La ciudad corría a su alrededor, se estremecía, bramaba el ruido sordo y constante de todas las grandes urbes. La ciudad rumiaba la carne de los niños y los intestinos de las madres, como una gran vaca digería el abundante pasto urbano. Mugía su desesperación, también, por sus venas, con la parsimonia de lo inexorable. La sentía dentro de él pugnando por escapar hacía el exterior, amenazando con provocar un estallido que repartiría su cuerpo, despedazado, por el asfalto. Apretaba el paso; pero no podía huir del ruido de los coches, de las sirenas de la policía, de la estridencia de las ambulancias, del latido profundo y agitado de la multitud. Dicen que no se puede huir de uno mismo. Y menos en la ciudad, pensó él; en esta ciudad.
Los semáforos intercalaban los colores con indiferencia, bajo una lluvia tan fina que podría ser sólo niebla. La humedad confundía los vivos colores de los coches y velaba los cristales de las ventanas. Amanecía, podría ser, solamente, rocío. En la ciudad el rocío sólo se mantiene limpio en los parabrisas y las cristaleras de los comercios. El que cae sobre la acera o en el asfalto, se vuelve negro y resbaladizo. Él no resbalaba, sus pasos marcaban los segundos sobre el asfalto con la seguridad de un péndulo perfectamente calibrado. Y como un péndulo se sentía, moviéndose continuamente hacia ninguna parte. Fuera a donde fuera, encontraba siempre lo mismo. Le perseguían las mismas caras, las mismas voces. No había novedad. Como si su vida se hubiera detenido en algún momento lejano que ya no podía recordar; y que no hacía otra cosa que repetirse una y otra vez.
No tenía conciencia de ser desgraciado. Ni feliz. Sólo era el vigilante nocturno del parking de la calle Provenza. Uno más de tantos. Cuando se levantaba de la cama, todos los días, el sol ya había perdido esa verticalidad que le permite, por las mañanas, colarse entre los altos edificios de la ciudad. Eso en verano; a partir de octubre, cuando salía a la calle, era ya de noche. Dormía nueve horas exactas. Todo en su vida era exacto. Fichaba a las once su entrada en el parking, trabajaba nueve horas, y apagaba la luz de la mesita de noche a las diez de la mañana. Hasta las siete; y vuelta a empezar.
Escribía poemas.
“dulce flor del asfalto/ curva deliciosa del suburbano...”
Los anotaba en una pequeña libreta que le acompañaba a todas partes. Cuando estaban llenas, las guardaba, escrupulosamente ordenadas, dentro de un armario.
“se quiebran todas las cinturas/ en tu única cintura”
Poco antes de entrar -y también al salir-, tomaba un cortado en el bar de la esquina. Se lo servía Elena. Recordaba su cara como un óvalo perfecto, terso y sonrosado, coronado por una ondulante cascada morena. ¿Cuándo fue eso?, ahora peinaba canas y no maquillaba las arrugas. La sombra de una sonrisa era todo lo que ella podía ofrecerle mientras le servía el café. Una sonrisa tristemente cómplice, de náufragos que se reconocen en un mar de calendarios desfallecidos. Jamás cruzaron más que las imprescindibles palabras. Era suficiente. Para ella, la vida también se había detenido en un incierto momento. Aquellos dos cortados constituían el único puente que les unía a la humanidad. Eso creía él.
Hacía mucho tiempo que había dejado de inquietarle su soledad. Para vivir le bastaban la escueta sonrisa de Elena y las pocas palabras cruzadas, en el parking, con los dueños de los autos. Trabajaba de lunes a domingo; había pactado con la empresa cubrirse él mismo los festivos. Naturalmente se los pagaban. De hecho, había acumulado una pequeña fortuna. Vivía solo, en el viejo piso de sus padres; y sus gastos eran pocos. El orden que regía su vida le permitía ahorrar más de la mitad del salario. No salía, no hacía vacaciones y hacía años que apenas compraba ropa. Al morir, su padre dejó armarios y cajones llenos de trajes, camisas, pantalones, gruesos jerseys de lana, chalecos, calcetines, camisetas y un sinfín de prendas más. Su padre vestía una talla por encima de la suya; pero a él le satisfacía vestir ropas holgadas. Frecuentemente, le dijo el médico, cuando muere un cónyuge, el otro le sigue al poco tiempo. Su madre abandonó este mundo a los pocos meses de que lo hiciera su marido. No querría llevarle la contraria al médico.
Sin embargo, su vida ya recorría las estaciones del péndulo de su soledad mucho antes de que murieran sus padres. Apenas se hablaban, y vivían como desconocidos bajo el mismo techo. Era como si residieran en una pensión, donde se extreman la urbanidad y las buenas palabras. Jamás discutieron ni se pelearon por ninguna causa. Un día, al poco de morir su madre, se percató de que, por primera vez, se sentía realmente en su casa. Quizás la soledad era como su miopía, de nacimiento. Quien sabe.
“correrás tras de mí/ con zancadas de hormigón y acero/ tú, mi única ciudad...”
En ocasiones, cuando llegaba a casa, leía uno de sus poemas antes de meterse en la cama. Le gustaban porque parecía que los hubiese escrito otra persona. Encerraban una música acompasada y profunda, de una apasionada desesperación. Empezó a escribirlos al poco de morir su madre. El primer verso le vino a la cabeza mientras sonreía a Elena en el bar, una mañana húmeda y gris como ésta. Aún lo recordaba. Como una flor en un campo baldío, surgió un frase entre sus pensamientos. Y tuvo la necesidad, casi la urgencia, de anotarla. Sacó el lápiz que usaba en el trabajo para las anotaciones de caja y escribió en una servilleta.
“congelas la curva de tus sonrisas/ las esquinas...”
No fue hasta días más tarde que pudo terminar el pareado. Clavo la servilleta en el tablero de corcho que había sobre la estantería del parquímetro. Cada vez que introducía un ticket por la ranura del contador, leía aquella frase. Le parecía que no era suya porque no comprendía qué diablos significaba. Durante esos días se preguntó con frecuencia cómo había podido escribir aquellas incomprensibles palabras.
“envuelven tu cintura.”
Había escuchado el clic del contador y le asaltaron estas tres palabras.
“congelas la curva de tus sonrisas/y las esquinas envuelven tu cintura”
Anotó en un ticket la frase entera, los dos versos. Esta vez se llevo a casa el escrito. Aquel día se acostó más tarde que de costumbre. Con el papel en la mano, se repetía aquellas palabras que seguían sin parecerle suyas. ¿A quién se referían? ¿Cómo se congela una sonrisa? ¿Cómo te abraza una esquina? No conseguía comprenderlo; sin embargo, repetía una y otra vez aquellas palabras, con la conciencia de que encerraban un orden preciso. Escuchó en cierta ocasión hablar de la música de las esferas. De esta manera se refirió alguien, siglos atrás, a la armonía que rige el cielo y sus estrellas. Aquella mañana, repitiendo sus versos, le pareció que eran parte de aquella armonía universal. Por si las moscas se le ocurrían más versos como aquellos, aquella tarde, de camino al trabajo, paró en una papelería y compró su primera libreta de poemas. Habían pasado años desde aquel primer poema; ahora, se apilaban en el armario, perfectamente ordenadas, decenas de libretas que encerraban versos y más versos, que seguían sin parecerle suyos.
Pronto renunció a comprender qué significaban aquellos versos. Descubrió que carecía de importancia, que lo primordial era que, cuando se escuchaba leyéndolos en voz alta, sentía cierto placer, como un cosquilleo que le recorría todo el cuerpo y que le excitaba y fatigaba a la vez. Era como una droga que se necesita cada vez más, con mayor frecuencia. Y pasaron los años, amontonando libretas y calendarios.
Sus pasos martilleaban el asfalto, con esa determinación de péndulo que le guaba cada día al trabajo. Como he dicho, no atendía a los semáforos aquel día. Solo podía pensar en los días que hacía que no anotaba ningún verso. Era como si se hubiera secado la fuente oculta de donde manaban. Lo menos, hacía un mes. Había sobrevivido repitiéndose los últimos versos que había anotado en la última libreta.
“te llamo desde la eternidad/ y la constelación de los silencios...”
No estaba terminada, lo intuía claramente. Pero su vida había quedado en suspenso y no venían a socorrerle las palabras, como era habitual desde aquel primer poema, tantos años atrás. Su ausencia de inspiración se llenó con el ruido sordo de la ciudad, y tuvo la conciencia de ser una soledad que braceaba desesperadamente para mantenerse a flote en ese mar de sirenas y asfalto. Se sentía observado por las sombras de los peatones y corría, cada vez más rápido hacia el bar de Elena. Empezaba a costarle pasar los días, que se habían hecho largos e insoportables. Se lanzó a cruzar la última avenida hacia la acera de enfrente, donde se iluminaba el bar de Elena. No escucho el chirrido de los neumáticos, ni el golpetazo del auto sobre sus caderas. Voló sobre el capó del automóvil y cayó sobre la acera, roto como un muñeco de trapo.
Mientras su corazón se entretenía en un último latido, aún pudo repetir aquellos últimos versos.
“te llamo desde la eternidad/ y la constelación de los silencios...”
“ámame/ pues ya vengo”, pensó.
Y se extinguió el grito de Elena en la puerta del bar.
Fin
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27 Septiembre 2008
Pepe Cerillas alargó la siniestra para coger el papelote arrugado. Tenía la cara apoyada sobre la vieja americana que había enrollado a modo de almohada. El otoño recién se estrenaba y no hacía frío aquella noche. Sonaban las dos de la madrugada en el reloj de Santa María del Mar y, a no ser por el taconeo apresurado que se alejaba rebrotando por las paredes del callejón, hubiera dormido hasta el alba, cuando pasa el carro de la Limpieza Municipal con sus cepillos y su alcachofa de agua. Pero el papel había rebotado en sus narices y, luego, rodó hasta quedar parado a tres palmos de su cara. Alargó la zurda porque lo era, zurdo, y acercó el papelote a sus ojos mientras se incorporaba.
Tenía seca la boca; la agrietada lengua raspaba el paladar y se encallaba en sus resecos labios. Palpó tras de sí hasta dar con el tetra brick de Don Simón; levantó la pestaña y se largó un buen trago de vino tinto. “¡Dios bendiga al San Simón ese!” dijo, y no recordaba cuantas veces lo había repetido en los últimos meses, o años. Qué más dan un don o un santo, si se trataba de buen vino. Cuando desplegó el papel, ya malició algo. La forma rectangular, la textura crujiente, el peculiar crujido mientras lo desplegaba, le resultaban familiares; aunque el tamaño le parecía un tanto grande. Sentado en el suelo como estaba, depositó el papel sobre la rodillera izquierda de su gastado pantalón de pana negra. El acanalado del género amarró la hoja mientras hurgaba en un bolsillo en busca de una caja de cerillas. La encontró enseguida, no en vano le llamaban Pepe Cerillas. A tientas, pues la penumbra reinaba en el callejón, abrió la caja y palpó la cerilla hasta distinguir el extremo barrigón de la cerilla. Luego, raspó sobre la lija y escuchó la deflagración del fósforo. Cerró los ojos para aspirar el olor acre del humo, le gustaba tanto...Cuando los abrió, ya miraban el papel.
“¡Joder, San Simón me ampare!” Era el primero que veía en directo y , por supuesto, que tocaban sus dedos. Pero los había visto en los pósters que cuelgan en las paredes de los bancos, con flechas que indican los elementos de seguridad que distinguen los falsos de los verdaderos. Además, sabía leer; que una cosa es ser mendigo y otra ser analfabeto. De hecho, casi todos los mendigos que conocía sabían leer; alguno había conocido que decía ser ingeniero o abogado. Y pepe Cerillas les creía: Pepe Cerillas tenía un estupendo olfato para las mentiras. Había descubierto que Franco no había muerto al primer vistazo que echó a la lapida del dictador. ¿Cómo no se daba cuenta la gente de que, aquel mamotreto, no era una lápida, sino la puerta de un bunker? Desde ahí mandaba más que cuando le creían vivo. En fin, si las gentes no querían creerle, allá ellos. Pero, ahora, lo que de verdad importaba era que aquel papelote, amoratado como la casulla de un obispo, sin duda, era un billetazo de quinientos euros. Lo ponía bien clarito en las esquinas: QUINIENTOS EUROS. Un Bin Laden, les llamaban a estos billetes, porque eran tan difíciles de ver como el famosos terrorista moraco. ¡Cómo si no supieran que, el moro ese de las barbas, habitaba un zulo debajo de la Casa Blanca y, desde allí, movía como marionetas a los falsos presidentes USA!
“Crisis, dicen, ¿qué crisis? Si la gente ya tira los billetes de quinientos eurazos. A mi no me la pegan, quieren acabar con nosotros” decía para sí, mientras enrollaba el billete y lo acercaba a la llama de su cerilla, que ya le quemaba los dedos. El billete prendió con un chisporroteo y su luz pronto sustituyó a la del fósforo. “No; a mi no. A mi no van a corromperme con billetes de esos” Se levantó y buscó las cámaras que le debían estar filmando. Porque era seguro que le filmaban siempre; a él y a todo el mundo. Nunca la policía había controlado tanto a los ciudadanos como ahora; Franco podía estar contento: sus policías secretos, eran unos pardillos al lado de estos súper tecnificados cuerpos de seguridad que, ahora trabajaban para él. La apariencia democrática había sido la excusa perfecta para que las gentes se dejaran filmar, grabar y fichar sin protestar. La luz de billete era algo más amarillenta que la de la cerilla. Ardió un rato, hasta quemarle casi los dedos; entonces, lo tiró al suelo y pisó sus cenizas. Y levantando la voz se dirigió a las cámaras ocultas del callejón:
- ¡Os jodéis, mamones. A mi no me la pegáis; ¡meteos vuestros putos quinientos euros en el culo!- al tiempo que decía esto se bajaba los pantalones, dejando sus vergüenzas al descubierto- Podéis grabar esto y se lo pasáis a vuestros hijos por la tele en horario familiar. ¡Ah, ah, ah! La crisis es un invento, ya lo sabía yo ¿creíais que podíais engañar a Pepe Cerillas? ¡Que os jodan! ¡Ah, ah, ah!
Cuando terminó de reír, se subió los pantalones y se echo de nuevo sobre los cartones que hacían la vez de cama. Al poco rato, roncaba con la cabeza descansando nuevamente sobre su chaqueta enrollada.
Entonces, saliendo del soportal que la había estado ocultando, la sombra de una mujer se aproximó al mendigo durmiente. Sacando un cepillo de un bolsillo y una bolsa de plástico de otro, barrió con esmero las cenizas del billete de quinientos euros que Pepe Cerillas había quemado. Luego, se fue con un leve taconeo, pulsando las teclas de su teléfono móvil.
- ¿Central? informa la agente Lucinda. La acción planificada sobre el individuo conocido como Pepe Cerillas ha fracasado. Podrán examinar todos los detalles en las cámaras sitas en las bocacalles del callejón, donde les indica mi GPRS en este momento. Otra vez será. En veinte minutos quedamos en el Valle de los Caídos, junto a la lápida que ya sabéis.
Y la humedad opaca de la noche engulló a la siniestra agente Lucinda.
Mientras, Pepe Cerillas ya gozaba, protegido por San Don Simón, de su séptimo sueño.
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